4.14.2015

3 meses lejos del mundo

A veces pasa -a mí me pasa- que de pronto las ciudades sofocan, los edificios mirándote todo el tiempo desde arriba, el asfalto respirando ese calor negro constante, los autos apiñados en las calles, la gente apretujada entre sí, y la claustrofobia repentina que te hace decir "¡no más!". Y así fue que después de 3 años viviendo en la ciudad más poblada del mundo, llegó un día -mucho después de que Connie La Sabroseadora se fuera de ahí- en que dije: "¡basta!"


No les voy a contar todas las bonitas -sarcasmo, obvio- circunstancias que me llevaron a tan radical decisión, pero después de dejar las casi interminables calles del DF, me recluí en un pueblito de la costa de Los Tuxtlas. Sin teléfono, sin cable, sin internet, estuve rodeada de libros, películas y todas las temporadas de mis series favoritas que mi computadora pudo contener -eran necesarias-. Era la cura perfecta a todas mis enfermedades urbanas.
Fue un viaje de introspección más que de otra cosa. Uno no se da cuenta de lo mucho que le hacen falta esos cinco minutos a solas con sus propios demonios, hasta que deja de tenerlos durante un largo periodo de tiempo. Tal vez quieran decirme que estoy loca -tampoco estarán muy errados-, pero a mí siempre me hacía falta hablar conmigo. En la gran civilización, en las enormes junglas de asfalto, eso es imposible; todo el tiempo tienes a alguien a tu lado, conocido o desconocido, siempre hay ruido, siempre hay movimiento, ni los lugares más tranquilos están exentos de la presencia eterna de algún otro.
3 meses lejos del mundo lo curan todo -hasta la sinusitis, chingao-. Las noches eran siempre la mejor parte, a mi alrededor en vez de oír autos, canciones a todo volumen, vecinos que gritan, se escuchaban grillos, cigarras, alguno que otro perro ladrando y el mar... Acostarme en la cama, a la hora tardía que uno acostumbra en las urbes, cuando el pueblo empezaba a dormir, era lo mejor. Porque yo soy un animal nocturno, han de saberlo, y mi cerebro no arranca realmente hasta que el sol empieza a bajar. Ahí estaba yo, sola, conmigo.
No pasó nada revelador, no tuve las mil epifanías, ni aprendí a leer el futuro, ni me autodiagnostiqué esquizofrenia -que podría haber pasado-, tampoco terminé la novela que algún día terminaré de escribir, ni leí veinte mil libros... no no no no, espérense tantito, ese no es el punto. 
El punto central de todo esto es el silencio. Resulta que en vez de ponerme a dialogar conmigo misma, todas esas noches tan lejos del mundo entero, me quedé en silencio con la mente vacía. Eso que algunos logran meditando, dejar de pensar, era exactamente lo que yo necesitaba. A veces las cosas que uno trae en la cabeza solamente se resuelven dejando de pensarlas.
Pero aquí estoy, de vuelta en el mundo, en la civilización, en el caos, en el calor eterno de la urbe portuaria -porque me negué a volver a la superpoblada capital-, retomando un viaje que dejé pendiente durante mis contemplaciones: la travesía de escribir junto a La Sabroseadora.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario